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Recuerdos

\”Nota mental: no comer guatita a las doce de la noche, altera la percepción de la realidad\”.

Hoy tengo ansias de la vida perdida con los vestidos de colores que intercambiaron por libras de arroz. Recuerdo cuando la única obligación frente a mis manos era no dejar ocultos, tras los cuadernos de mi hermano, los brebajes que fabricaba con los medicamentos del consultorio de mi madre.
En esos días de lluvias constantes y destructoras medía menos de un metro; miraba las noticias sin entender palabra alguna, con la idea fija de entre el discurrir de desgracias que balbuceaba la reportara musitara, con su sensual boca, la suspensión de las clases al día siguiente (no siempre mi sueño se volvía realidad).

Tenia miedo de ser olvidada, miedo de que el ogro volviera y empezara el llanto, miedo a los payasos, pesadillas con bicicletas gigantes.

Añoro los rompe muelas pintados con franjas rojas y blancas; añoro las manzanas acarameladas, rojas como mis sueños que me encantaba contemplar, esas que jamás me permitieron comer.

Recuerdo haberle pedido a mi hermano que me abrazara, haberme escondido tras marcadores, crayones y libros para pintar a Pocahontas.

Él

Sabe que decir para enamorar, para detener la razón y convertir a cualquiera en una animal enloquecido en lujuria.
Eso es el, un devorador de vírgenes.
No importan los sentimientos, ilusiones y sueños del cuerpo a ser profanado.

Superman

A veces puedo creerme Superman y nadie puede decir algo.
Soy como un pequeño duende azul, a pesar de ser roja.
Me he visto encerrada entre cuatro paredes, con un revolver junto a la sien. ¿Y dónde esta mi príncipe azul que me salve?
Soy como un león hambriento, devorare a mi captor de una mordida antes de morir en la espera del príncipe que no existe.

El Pasado

Solía creer que era capaz de cambiar al mundo, pero me di cuenta que esas idioteces no existen.
Solía tener fe y esperanza.

Romance

\”Nos vemos cuando amanezca porque hoy ya es muy tarde para mi.\” – He pensando al atardecer.

Nos atrevemos a mirarnos fijamente susurrando con firmeza y certeza palabras falsas.
Hemos dedicado nuestros esfuerzos a contar mentiras descabelladas y aceptarlas como verdades.

Nos limitamos a lo que tenemos frente a nosotros por temor a sufrir, por no tener nada. La esperanza en nosotros es simple estupidez.
Tenemos tendencias suicidas, masoquistas.

Dedico mi vida a reprimir mis sueños.

Está de moda ser idiota.

La caja negra

Cada curso de la universidad tiene, en su interior, pequeños anaqueles negros, muchos dudan de la utilidad de estos pero algunos afirman que antes de que la universidad fuera construida en el terreno existía un pequeño manicomio que dejó de ser utilizado por necesidad de mayor espacio. El edificio no fue reconstruido; se limitaron a remodelarlo, pintar algunas paredes, derrumbar uno que otro muro y, quizás, crear divisiones entre los salones; los jardines se mantienen iguales, y así mismo continúan montados aquellos anaqueles de color negro de pequeño tamaño donde, según se dice, eran encerradas las alucinaciones de los internos.

En el manicomio no intentaban curar a los enfermos usando medicamentos o terapias, los especialistas preferían aplicar el secuestro; irrumpían por las noches a las habitaciones de los internos y con lanzas en manos esperaban que estos empezaran a delirar, sus fantasías tomaban vida frente a ellos y con lanzas y redes los atrapaban, y los encerraban en los anaqueles instalados en las habitaciones. Las cajas eran selladas con macilla epóxica para que los aterradores prisioneros no pudieran escapar.

La macilla pegó muy bien las divisiones de los anaqueles, ni siquiera 70 años después es posible abrirlos, y las alucinaciones y delirios del manicomio continúan ahí encerradas, aguardando su liberación.

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José David

Lo hemos escuchado cantar durante mucho tiempo, acompañado por música trémula, por sonidos idiotas.
Tiene ideas extrañas murmuran algunos; esta loco de remate me atrevo a pensar, y aún así me encanta.

Reparte todas las semanas ese pequeño boletín exageradamente colorido.

Llega muy temprano en ese minúsculo jeep amarillo que me hace sentir como una niña entre los brazos de su padre nuevamente.

Es curioso, y le encanta mirar fijamente las cosas. Le encanta mirarme fijamente. Me encanta mirarlo fijamente.

He tenido el atrevimiento, el delicioso atrevimiento, de susurrarle al oído canciones de cuna, el no dice nada y se deja arrullar.

Prefiere mantenerse callado, me enloquece la curiosidad por saber que da vueltas tras sus ojos grises.

Vincent

Era todavía de noche en el pequeño poblado; se ha sentado en el barranco, junto a el crecen cipreses largos y ondulantes. La noche fría le teñía tonos azulados al pesado paisaje; los candiles colgados en los portones prestaban un mínimo toque cálido a la escena, los mecheros dentro de las casas apenas le daban brillo al mar de pasta celeste que acurrucaba al pueblo.

Como punto de atracción se levanta alta, majestuosa e imponente la aguja de la iglesia.

Dudoso, furioso, nostálgico por lo que no puede ver intenta enfocar sus ojos al paisaje turbulento; parpadea rápidamente, el pueblo aparece y desaparece frente a si.
Ladea la cabeza intentando aclarar sus ideas. Se siente miserable entre una raza que no lo comprende, una raza del que aun no se siente parte. Sus ojos se pierden en el frío azul que pinta su nostalgia sin dejar de ocultar un delicado rastro de locura tras ellos. Esta ahí la demencia floreciendo, sin que el la detenga, sin que nadie mas lo note.

No muy lejos de el, en tiempo y espacio, se ha desarrollado un festival lleno de luces cálidas y reconfortantes, comidas dulces con olores suaves y envolventes. Todo eso ha quedado atrás sin siquiera tocarlo nada lo hace sentir mas cerca de ellos. Esta solo, enfrascado en lo trágico que puede ser el pueblo frío durante la noche que parece ansiosa por devorarlo.
Hay pastosas nubes en el cielo que parecen caer sobre si, las estrellas titilan esperanzadoras en la lejanía, juegan con el, se alejan y cuando se siente próximo a ellas lo abandonan.

Sabía, sin ser consciente, que la muerte avanza de su brazo tocándole con la punta de los dedos las ideas que, seduciendo, atrayendo, lo llevaran al fin.