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¿Eres el bufón, la reina o el rey?

“Honestamente mereces que te masacren a patadas.” 

Esa es una de las frases que digo en aquellos pequeños diálogos que tengo contigo en el silencio de la noche, en la oscuridad. Y podría decirte todos lo que sueño que te pasa, lo que sueño que le pasa a las personas como tú, mal nacidos de alguna pobre mujer que no tiene la culpa de nada, a hijos poco deseados, victimas del odio que solo saben dar odio. Inconsciente, esa es la forma bonita como te llamo, pero tú no lo entiendes, tu cerebro es enfermo, sufre de eso a lo que otros llaman estupidez.

\»This is the anteroom of death”

La poesía se me da muy bien, tu eres mi musa, mi musa de odio. Mi poesía sangrienta. Solo puedo escribir rimas de odio gracias a ti.

Mereces lo que alguna vez tu padre menciono. Y no siento pena de tus pocos recursos mentales. No siento nada.

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Me borraste fácilmente, así de fácil es olvidarme. Y a veces yo pienso en ti con nostalgia.
¿Qué demonios esta pasándome? Te extraño.

Hay tanto silencio en mi mente que mis ideas divagan en un inmenso lago hasta suicidarse por el hastío. Eso es lo que soy, hastío, y tu no estás para compartir tu pensamiento, tus hermosos pensamientos conmigo.

Me gusta redundarle al silencio que crece dentro de mí. Entre cariño y nauseas te veo.
Te reemplazo con tantas cosas y esto es solo una mentira, nada te reemplaza.

Creo complejas conversaciones en mi cabeza, y tu dialogo es perfecto, me lo sé de memoria, es idéntico a las conversaciones que tuvimos en el pasado que ya no puedo calcular por que los números crecen tan desesperadamente que me ahogan.
Estoy ahogándome en un mar de llanto, ira y soledad. El vacio eres tú que te fuiste lejos, que huiste de mí.

¿Y si volvieras?

¡Va! Esa, como otras tantas ideas ya la hemos planteado millones de veces. La hemos planteado juntos; tu y yo, en mi mente, en mis conversaciones contigo que tienen tinte de monólogo.
Estas lejos, y te detesto por eso.

Somos de esos que huyen de los sentimientos. Huiste de mí. Huí de ti en tu huida.

Oda a la Migraña

Me siento tentada a componerle una oda a la migraña que fielmente me acompaña día y noche:

Duermo en sus brazos, y al despertar su estúpida presencia entra por mis ojos con afán de controlar mi mente.

Salgo a la calle tomada de su mano, soy con ella una infante a quién guía sigilosamente a la locura.
Llegan las tardes de infernal sol y pestilencia humana. Estrés. Y ella en lugar de dimitir se aferra a mi tallo cerebral como una sanguijuela.

Alimenta mi ira, mi desesperación. Me aleja del queso, el chocolate y del turrón.
Corre en pos de mi cuando no la necesito.

Y hoy, hoy está aquí.

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