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Algo diferente

Hagamos algo diferente, algo que nadie más esté haciendo. Rompamos las reglas, arriesguémonos a ser revolucionarios: vamos a contar historias maravillosas llenas de amor. Porque cualquiera es capaz de contar tragedias, de crear drama.

Vamos a arriesgarnos a ser felices.
Mientras escribo esto me encuentro pensando en ti y en mi, en como nos vemos viviendo el mañana, ese mañana que es un futuro muy cercano. Estoy pensando en ti y en mi siendo felices, sintiendo esa felicidad que es duradera, constante, tenaz. 
Hoy me arriesgo a decirte que te amo, a decirte que esto que te escribo es un compromiso de mantenerme firme en la lucha para conseguir lo que queremos. No te prometo que no voy a caer, ni te estoy diciendo que no vendrán días duro, tristes o cansados. Te estoy diciendo que me mantendré en la lucha constante, que haré lo necesario para que cuando estemos cansados, cabreados o hartos nos lamzemos a buscar la forma de arreglarlo. Para comprendernos.
Esta es la carta con la que me comprometo con el universo entero a hacer lo necesario para armar ese futuro que deseo para ambos. Este es el texto con el doy el primer paso definitivo para la campaña de que ambos seamos felices. Y lo lograré, lo lograremos. Porque te amo.

Sola

Redacto una feliz y positiva carta llena de ideas esperanzadoras, relucientes, ensoñadoras.

Y NADA DE ESO ES VERDAD.

Estoy parada en un pie sobre la línea limítrofe entre la locura y la cordura mientras el viento me mece hacia el precipicio que alberga la más grande agonía de la existencia.

Mi alma. Mi golpeada alma se queja.

Pensar

Me detengo a pensar durante un breve instante, me detengo a reflexionar y recobrar las fuerzas que acabo de perder, nuevamente.
Y, de forma rápida y breve, como una estrella fugaz surcando el cielo, vuelven las ideas atroces a mi cabeza.

Me detengo a pensar, de nuevo. Como si fuera un rito, como si fuera una manía de la que dependo. Me detengo y, nuevamente, busco las fuerzas que, pienso, me hacen falta.
Y a veces se me salta una lágrima, y otras veces me tiemblan las manos y me muerdo los labios. Y, de vez en cuando, solo cierro los ojos dejando que las ideas, las ideas atroces, me posean. Lloro, golpeo e insulto y la cabeza me empieza a dar vueltas.

Me detengo a pensar, cansinamente, de nuevo. Sin estar convencida que hacerlo tenga sentido, sin creer que me sirva para algo. Me detengo a pensar hasta que las ideas pesan en mi cabeza y me duermo.

Uno, dos, tres

–Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.– Ese ese el ritmo que sigo mientras me aruño los brazos.

Ideas, tengo un revoltijo de ideas en la cabeza. Frunzo el ceño, me muerdo el labio inferior y no me detengo, a pesar de que toda mi boca se impregna de ese sabor ferroso que ya me sé de memoria.

–Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.– Continúo con mi rito, la piel se me pone colorada mientras miro pasar por la ventana del autobús interprovincial la selva. Una casa aquí, mis uñas clavándose en mi piel más acá, el cielo infinito observándome desde al frente.

Vislumbro en el vidrio de la ventana, durante unos segundos, el retrato de una mujer ojerosa, despeinada y triste. Siento asco de ella y evito seguir mirándola pero su imagen se queda plasmada en mi retina. Muerdo con más fuerza mis labios mientras la veo,  dentro de mi cabeza, mientras la desprecio en silencio.

–Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.– Repito como si fuera una oración a alguna deidad. Y mi fuera calma mientras veo mi carne viva.