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Rendidos de amor

Estás tendido a mi lado, rendido de amor y eso es lo único que necesito para sentirme plena.

Estoy tendida junto a ti, junto a tu pecho que lo único que me brinda es calor. Y esto es todo lo que necesito para sentirme feliz.

No cabe la dicha en mi cuerpo y mi cabeza no es capaz de imaginar palabras que describan el gozo que siento. Y de mis labios solo brota la palabra amor.

No quiero ver otra cosa que no sea ti, no quiero imaginar una vida sin ti. Y junto a ti mis brazos solo pueden dar calor.

Hemos pasado en esta danza semanas, días y cientos de horas. Y la llama que recorre mi cuerpo cuando te veo se enciende más a cada instante.

¿Qué es el amor sin tu voz? ¿Qué hago con mi amor si no está tu calor?

¿Qué haría mi alma sin tu fuego abrazador?

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Anticipo a la despedida

Mis rodillas han caído al suelo rendidas, vencidas. Me falta el aliento. Me tiemblan las manos. Hay un nudo en mi garganta, no puedo tragar, hablar, ni gritar.

El dolor parece tan grande que derrumba mi ser. Soy un alfeñique que da vueltas entre la pena y la angustia. Soy sólo el residuo de lo que fuéramos juntos. De lo que ya nunca podremos ser.

La tristeza me embarga como un diluvio, como un alud que arrasa con todo. Que lo destruye todo a su paso. Que consume y devora lo que toca en un instante. Y no me queda tiempo para pensar, para sentir, para encontrar una solución. Ya no estás. No lo entiendo, no lo creo, ni siquiera lo quiero pensar: no estás.

No me queda lógica, pasión, ni deseo. No puedo respirar. No sé cómo respirar si ya no te tengo aquí.

Tu ausencia es como una sentencia. Un desgarrador desenlace para esta historia que se precipita a terminar. Tus ojos ya no me ven y yo jamás podré volver a ver los tuyos, de nuevo.

Tu amor se ha transformado, se ha transfigurado. Ha salido de tu cuerpo para habitar en todo lo que me rodea. Mi hogar se va contigo, se fue contigo.

Es éste el miedo a la pérdida, al abandono. Es ésta soledad lo que consume mi alma. Es el deseo de control, de que nada cambie y podamos continuar nuestras vidas como-siempre lo que me conduce a la locura.

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Soledad

Soy habitante de la nada, del vacío. Soy soledad y miedo. Mi alma es presa de la tormenta de inseguridades en las que se engendró mi corazón.

Aún no te he dicho lo obsesionada que estoy con los romances con finales tristes, con los dramas y los corazones rotos. Aún no te he dicho como mi mente se excita con las historias turbulentas, y el terror.

Soy un ente inexistente al otro lado de una conversación en Internet. Y no tengo nada que ofrecer más que soledad a quien me toque.

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Go Down

Psicológico. Estridente. Alucinante. Demencial.

Hay colores estridentes envueltos en una cromática color rojo magenta. El ambiente es dulce como un caramelo, suave lleno de humo y luces por doquier.

Veo zapatos, de los que me gustan, de los que quiero comprar y usar.

Y ahí está a la última persona a la que quería ver, y solo anhelo presenciar su sufrimiento.

Estoy estresada, cabreada, irritada.

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Las piedras del Apocalipsis

La angustia de ver el final.

No sabría cómo describir en qué momento había estallado aquella devastadora batalla. Y tampoco encuentro las palabras para contar cómo terminé con las manos llenas de cemento y roca pulverizada.
Pero empezó más o menos así: Junto al mar, al otro de donde el agua salada tiñe la orilla habían perecido las personas con las que crecí, aquellos a quienes amaba.

El cielo se oscureció de imprevisto, las 20 y tantas personas que formaban parte mi equipo en batalla sabían, al fin después de vivir angustia silenciosa, lo que ocurría: nos estaban matando uno a uno.

Caigo con fuerza sobre mis rodillas y suelto el grito más atroz, angustiante y desesperado que jamás había escuchado alguno de los presentes. Lloro con desparpajo envuelta en una tormenta de emociones. Lloro por mi hermano, por mis primas y por cada uno de mis amigos que aquella gente mató sin remordimiento, dolor ni piedad. Lloro por la impotencia que me embarga. Grito por la rabia que aparece antes de cobrar venganza.

Caen piedras en todos los sentidos. A mi alrededor las persona que había aprendido a querer sangraban, gritaban, morían.

Y yo, lanzaba rocas contra el enemigo con todas las fuerzas de mi cuerpo. Pero era inútil, mi fuerza no era suficiente, las rocas que lanzaban no causaban daño a esos abominables seres que atentaban contra mi gente. Y caían uno tras otro, como caen las hojas de un árbol marchito que se extingue..

Solo caen.

Mis seres amados caen. Mis fuerzas caen. Mi cordura cae.

Pierdo la consciencia.

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Amor incandescente

Estoy cayendo en el abismo profundo de mis pensamientos.
Estoy soñando con el futuro, divagando en el pasado, consumiendo el presente.

Hay mariposas en mi estómago, adrenalina en mis venas, sudor en mis manos.

Los labios me saben a ti, con el vívido gusto del amor recién hecho.
Mi alma está llena de gozo disfrutando segundo a segundo la dulzura de tu presencia.

Estoy soltando mi alma en las manos del amor, me estoy entregando entera a ti.

Soy como la flama incandescente de una vela que salta de un lado a otro abrasando todo lo que la rodea con su calor.
Nuestro amor es una estrella fugaz: radiante, inesperado, perfecto.

Eres lo que estaba buscando. Soy lo que siempre habías querido.

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Payasos y padrinos

No recuerdo con claridad a mis padrinos de bautizo; para mi siempre serán ese hombre y esa mujer de la sierra ecuatoriana que ví unas 3 veces en mi vida. No estoy segura cuáles eran sus nombres, ni su edad; pero siempre pensé que eran un poco mayores que mis padres.

Mi madrina era una mujer grande, robusta con rasgos duros y cabello tan oscuro como mis zapatos de la escuela. Él era muy parecido a ella, con la pequeña diferencia que su piel era rojiza el rostro le brillaba por el sudor.

Juntos eran de esas parejas que se acoplaban muy bien con mi papá, y que mi mamá detestaba: bebían licor hasta perder la conciencia.

Siempre los sentí como a esas personas que ves en la calle, con la misma incomodidad con la que ves a un desconocido.

Una Navidad llegaron a la casa con sus grandes sonrisas tenebrosas en el rostro, juguetes en brazos y ese empalagoso olor a licor fuerte que los caracterizaba. A mi hermano Andrés le regalaron algo que con los años, los cambios de casa y la adolescencia desapareció sin ser notado, al igual que su recuerdo. A mí, por otro lado, me dieron un payaso -¿en serio me están regalando esto?- es el comentario que mi versión adulta hubiera espetado en aquel momento. Me regalaron un muñeco de unos 30 cms de altura vestido con un hermoso traje hecho con varias telas color verde: el blusón con vuelos en los puños y cuello se veía como una prenda fresca y ligera que no haría sudar al peculiar personaje. Había sido fabricada con tejido verde tornasol con brillos y detalles dorados. Me recordaba a los trajes típicos del carnaval de Venecia: vistoso, alegre y llamativo.

No recuerdo si fue en ese momento, o antes, cuando empezó mi fobia por los payasos, los hombres con rostros grotescamente maquillados y sonrisas falsas. Pero si recuerdo que jugué con el muñeco de cuerpo blando como almohada en pocas ocasiones. Pasó mucho tiempo alzado en una repisa con otros juguetes que había relegado a la banca de mi vida.

No recuerdo cuántos años estuvo en mi casa aquel aterrador payaso, o cuál fue el motivo por el cuál nunca nos deshicimos de él; pero aún tengo plasmada en la cabeza sus ojos fríos e inhumanos, y cómo me miraban en las noches oscuras.

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Su foto de perfil

El amor idílico que había cultivado en torno a un hombre que apenas le escribía monosílabos sin pasión colapsó un instante después de que él cambiara su foto de perfil por tercera vez en lo que corría de la semana.

La plataforma de mensajería gracias a la que ella había dado rienda suelta a sus fantasías románticas se convirtió en el medio que destruyó el sueño sin sentido. Todo acabó en un instante. En un par de taps en la pantalla. La novela romántica colapsó tan repentinamente como había nacido.

En este momento aquella relación virtual tenía menos peso en su vida del que había tenido jamás; al final de cuentas el flirteo digital no era real. Las horas enviando mensajes afectuosos habían sido mal gastadas.

Ahora era libre del idealismo, libre de la cursilería, libre de la obsesión y de la búsqueda enfermiza de subtextos ocultos inexistentes. Era libre de buscar un amor verdadero con un hombre sin panza en algún sitio fuera de la nebulosidad de Internet.

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Campo de batalla

Estaba camino a una reunión de trabajo con unos 6 o 9 compañeros, entre ellos el amante de turno. Iba vestida con una blusa negra de tela gruesa y una falda asimétrica, con tablones color crema de seda transparente que dejaba ver lo que llevaba debajo. Sobre esto, en un intento de evitar que se viera la ropa interior, llevaba un kimono largo de seda color negro con flores rojas.

Íbamos apurados, saliendo a tropezones, bajando escaleras rápidamente. Nos metidos en un auto a con premura y empezamos a andar lo más ágil que nos era posible. Mi amante y yo nos mirábamos con el mismo secretismo con el que estábamos muy mal acostumbrados a vernos.

Rodamos por la ciudad durante algunos minutos embriagados por una atmosfera de ansiedad y preocupación. Íbamos tarde, jodidamente tarde, a una reunión de trabajo extremadamente importante y sabíamos que de ella dependía, en más de un aspecto, nuestro futuro.

Después de una gran cantidad de tiempo llegamos al lugar de la reunión. Era tarde, los clientes había esperado unos 45 minutos. Empezamos a subir escaleras, caminando apurados con papeles y carpetas en las manos. Le llamé la atención a mi amante, para pedirle, en voz muy baja, que me dijera si la falda era demasiado reveladora. Avancé unos pasos mientras él me analizaba la caminada.

Llegamos a la puerta de la sala de conferencias solo para darnos cuenta que la reunión se había llevado acabo de sin nosotros y había culminado hace unos minutos. Mis compañeros empezaron a estresarse, a llorar, dejar caer los papeles y gritar. Estaban muy angustiados porque habíamos quedado mal con el cliente y era muy posible que lo perdiéramos.

De la sala de conferencias sale una mujer morena fumando un cigarrillo con tranquilidad. La reconozco al instante, es aquella mujer con la que mi amante me había estado engañando durante, solo Dios sabe cuanto tiempo. Se me revuelven las entrañas, me tiemblan las manos. Me volteo colapsada por la sensación de nauseas. Empiezo a caminar intentando alejarme de esa situación, pretendiendo alejarme de todo eso. Bajo escaleras, el viento me azota con fuerza el cabello, el cielo se torna naranja, como su fuera el atardecer.

A lo lejos se enciende el bombardeo, los edificios caen en pedazos, el asfalto se abre dejando ver la tierra. Se levantan capa tras capa de polvo. En cada esquina hay personas con ametralladoras, circulan por las calles jeeps con soldados armados hasta los dientes que disparan a diestra y siniestra. Lanzan bombas hacia la tierra cada 5 minutos haciendo que todo tiemble y obligan a que los edificios destruidos terminen de colapsar.

Veo personas sucias, heridas y llenas de sangre corriendo de un lado otro intentado cubrirse de los ataques o escapar. Corro hacia una trinchera que está cubierta por un trozo de alambrada con enredaderas, me apoyo sobre los sacos. Estoy con otras 4 personas más. Un hombre, vestido de soldado está a mi lado, tiene la mirada, dura, fijada hacia el frente; levanta su ametralladora, la acomoda sobre los sacos y apunta con precisión a los soldados que, trepados en un jeep, están atacando a los civiles.

— ¡DETENTE! — le espeto con nerviosismo — el fuego no va a dejarte pasar.
— Sólo observa —me dice con tranquilidad, entonces acomoda su arma y dispara. La bala atraviesa con presión la alambrada y, al pasar por el fuego, estalla en llamas. La bola de fuego golpea contra el jeep en el que se encuentran los soldados haciendo que este explote provocando otra inmensa bola de fuego.

La atmosfera se vuelve tensa, se me tapan los oídos por la explosión. Me levanto como mejor puedo rodeada por la conmoción de la explosión y empiezo a correr hacia el edificio del que había escapada previamente. Me mantengo oculta tras los pilares gruesos que están en la base. Los hombres y las mujeres armados no pueden verme mientras corren de un lado a otro disparando o gritando.

Me deslizo entre cada pilar, intentado mantenerme oculta, entonces veo a la mujer que medio la visa en la mitad de la línea de fuego. Sobre el cielo, a su alrededor revolotean los helicópteros enemigos, se disponen a lanzar otra tanda de bombas al suelo. El corazón empieza a latirme con fuerza, las manos me tiemblan —¡¡CORRE!! — Le grito con angustia — ¡¡corre!! — Le digo casi en una súplica mientras mis ojos se atiborran de lágrimas. Ella me escucha, e intenta acercarse a mí, entonces empiezan a bombardearnos de nuevo, el suelo tiembla con una fuerza desmesurada, el fuego se levanta en grandes olas, nuevamente mis oídos se quedan sordos, todo se pone borroso.

Pierdo la consciencia.

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Tanto, todo

Tanto. Todo.
Estoy colisionando. Estoy cayendo tristemente sobre mis rodillas.
Desganada, decepcionada, desvalorizada.

Tanta ira, todo es tristeza.

Tengo un millón de palabras atoradas en mi garganta golpeando con ira para salir. Hay un millón de ideas que se azotan contra misma manos esperando que la tinta las dibuje sobre todo el maldito papel.
Estoy harta, cansada, furiosa. Desvalorizada.

Tanta ira dentro de mi. Toda la maldita angustia destruyendome por dentro.

Estoy harta, furiosa gritando insultos por todos lados. Estoy careada, frustrada, mamada.

Tanta miseria aguantada, tanto maldito desprecio. Tanda basura. Doy vueltas sobre mi maldito eje buscando una estúpida solución que no existe. Estoy cansada, consumida. Estropeada.

He sujetado mis malditas ganas y las he asfixiado con desprecio. Son despojos de mi maldito esfuerzo infra valorado. Estúpidos sueños de una cría que aun cree en los cuentos.

Miseria. Asco. Llanto. Voy a consumir las pocas horas que me quedan deshaciendo mi ser en amargura.

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