Era todavía de noche en el pequeño poblado; se ha sentado en el barranco, junto a el crecen cipreses largos y ondulantes. La noche fría le teñía tonos azulados al pesado paisaje; los candiles colgados en los portones prestaban un mínimo toque cálido a la escena, los mecheros dentro de las casas apenas le daban brillo al mar de pasta celeste que acurrucaba al pueblo.

Como punto de atracción se levanta alta, majestuosa e imponente la aguja de la iglesia.

Dudoso, furioso, nostálgico por lo que no puede ver intenta enfocar sus ojos al paisaje turbulento; parpadea rápidamente, el pueblo aparece y desaparece frente a si.
Ladea la cabeza intentando aclarar sus ideas. Se siente miserable entre una raza que no lo comprende, una raza del que aun no se siente parte. Sus ojos se pierden en el frío azul que pinta su nostalgia sin dejar de ocultar un delicado rastro de locura tras ellos. Esta ahí la demencia floreciendo, sin que el la detenga, sin que nadie mas lo note.

No muy lejos de el, en tiempo y espacio, se ha desarrollado un festival lleno de luces cálidas y reconfortantes, comidas dulces con olores suaves y envolventes. Todo eso ha quedado atrás sin siquiera tocarlo nada lo hace sentir mas cerca de ellos. Esta solo, enfrascado en lo trágico que puede ser el pueblo frío durante la noche que parece ansiosa por devorarlo.
Hay pastosas nubes en el cielo que parecen caer sobre si, las estrellas titilan esperanzadoras en la lejanía, juegan con el, se alejan y cuando se siente próximo a ellas lo abandonan.

Sabía, sin ser consciente, que la muerte avanza de su brazo tocándole con la punta de los dedos las ideas que, seduciendo, atrayendo, lo llevaran al fin.