Llevaba veinte minutos parada en la intersección de Malecón y Loja llorando peor que la magdalena a su señor.
Había analizado detenidamente los graffitis en la pared del baño de mujeres, asombrada, confundida, atraída.

Al final de cuentas, quedarse ahí no iba a cambiar en nada la situación.
Sabía perfectamente donde quedaba el lugar del calvario y el silencio le había apoderado los sentidos. Ya no percibía los olores. Mostraba al fin lo que siempre había sido, la peor de las mujeres, la más grande idiota.

Jugaba con su árbol de espinas enormes, bailaba con la lagartija que únicamente le hacía compañía, no era nada, haba sido timada. Tenía el don de desquiciarse en menos de un segundo, sin motivos según el mundo estúpido, con un millón de motivos, según su enferma mente.

Y sin previo aviso dejo de hablar, paro el llanto y empezó a sonreír con locura y malicia.

“No debería subestimarme.” – Fue su último pensamiento.