Estaba tirada en la cama mirando al techo, esperando que llegase la iluminación. Las palabras correctas, las decisiones acertadas. Todo como por obra de magia, sin que tuviera que esforzarme demasiado.
Me invito un café, le dije que le aceptaba un té, aún detesto el café, en eso no he cambiado. Sigo siendo después de todo la misma, el mismo trazo, los mismos colores, la misma línea gráfica, las misma ideas; lo único que ha variado es la técnica, quizá haya mejorado quizá empeorado.
Me llevo a un bar, cantamos toda la noche, al final me fastidie de verlo. Muy a pesar de que fuese mitad idea mía, mitad idea de él.
Y él seguía insistiendo, tentándome, también a la locura.
Tenía la cabeza llena de ideas, la nariz llena de mocos, las viseras llenas de mierda. Estaba tirada en la cama, rebosante de sueños lujuriosos, de pensamientos conservadores. Una contradicción tras otra, en eso se resumía mi vida.
Los días eran largos, pesados, cansados. Mendigaba lo “mendigable” sea o no que esto realmente existiera. Permanecía encerrada, evitando el mundo, la comunicación. Evitaba cualquier tipo de tentación. Me comportaba peor que  aquellos fanáticos religiosos.
Sufría con una sonrisa en la cara, con las marcas de mis actos encima. Mis aventuras se limitaban a los garabatos en mi sketchbook.
Estaba tirada en la cama esperando que llegase a mí la cordura por misericordia divina.