Me siento tentada a componerle una oda a la migraña que fielmente me acompaña día y noche:

Duermo en sus brazos, y al despertar su estúpida presencia entra por mis ojos con afán de controlar mi mente.

Salgo a la calle tomada de su mano, soy con ella una infante a quién guía sigilosamente a la locura.
Llegan las tardes de infernal sol y pestilencia humana. Estrés. Y ella en lugar de dimitir se aferra a mi tallo cerebral como una sanguijuela.

Alimenta mi ira, mi desesperación. Me aleja del queso, el chocolate y del turrón.
Corre en pos de mi cuando no la necesito.

Y hoy, hoy está aquí.