A veces mi mente esta vacía.
Tengo la cabeza llena de ideas sin sazón, de prejuicios extraños y de ansias.
A veces mi mente no me pertenece.
Y en otras tantas instancias está llena de ruidos, de susurros que me recuerdan tus besos, que me recuerdan tus ansias.

Se derraman sobre mí las memorias de las noches, de las palabras muertas y de las caricias.

No estoy en mis cabales mirando tus facciones en la penumbra, estoy fuera de mis cabales mirando el sol nacer por la ventana.
Escucho tu respiración lenta, tu calma se hace mi calma.
Escucho el silencio de la nada que rodea nuestros cuerpos.

—¿Por qué viniste esta noche?

—Por aburrimiento.
Y mientras el ruido vuelve a mi las tardes siguientes, las mañanas y las noches siento, imagino y recreo las memorias.
El silencio ruboriza mis mejillas mientras recuerdo la forma en la que me miraban tus ojos.
El silencio es cruel, maldito e implacable. El silencio eres tu.

Me he convertido en un chiclé parafraseando los diálogos de las peliculas para niñas fresa

—Espero que no juegues conmigo.

—Estamos jugando los dos.

Tanta paranoia, tanta tristeza, tanta falta de amor que se cura con abrazos, tanta inseguridad que se calla con besos.