Estoy despierta desde las 5 de la mañana pensando, sintiendo. No recuerdo mayor cosa de la noche anterior, no recuerdo nada después de que el llegó a recogerme.

Llevo dos horas vomitando recuerdos sobre la almohada. Dos horas obligándome a olvidarte. Tu cuerpo no está, ni volverá a estar presente aquí jamás, y en mis ficciones las conversaciones siempre son de tres. Somos tu y yo, como siempre hemos sido, cómplices de nuestros pecados y está él, el amante, el cuerpo al que le doy tu rostro aquellas noches en las que tu ausencia me despedaza.

Él te parafrasea, te cita tan textualmente que olvido que no eres tu. Se sabe tus guiones como si te hubiera conocido, como si yo le hubiera extendido el libreto con lo que debe decir. Y eso me destroza.
A veces me quiebro y rompo a llorar en sus brazos porque te extraño, a veces me pierdo en sus ojos recordando los tuyos.
Me enseñaste tan bien a conocerme, me domesticaste tan bien que cuando estoy en la cama con él me muerdo la lengua para no llamarte.

Y otras muchas veces, cuando mi cerebro está atiborrado de recuerdos y drogas, olvido que ya no estamos juntos e intento volver a tenerte. Volver a dormir contigo y hacer una vez más todas las perversidades que, tan bien, nos definían.

Silencio.

Ya no me cuesta admitir que te extraño.