“Dios te ama.” Ugh. Ya estoy un poco cansada de la misma frase desabrida. Quizá la primera vez es impresionante escucharla, o risible, todo depende del interlocutor. Pero después de escucharlo un millón de veces se vuelve aburrido, y poco creíble.

  Estaba angustiada, sentía que algo me oprimía el pecho. Muchos dicen que esto se quita acercándote a Dios. Mi mamá dice que solo Él me llenará de calma.
Por un tiempo le creo, intento ser buena, intento ir a la iglesia y creerme todas esas palabras. Quizá estoy ardiendo por que el pecado no me deja ser feliz (intento convencerme de ello a la fuerza). Y voy a la iglesia, un poco obediente, un poco incrédula. Más incrédula que obediente, por su puesto.

  Al principio todo es creíble, al principio dudo de mi y me siento “sucia” por haber actuado mal. Luego la llama de la fe se apaga y realmente dudo que alguna vez haya ardido realmente. Y me aburro. Voy cada vez menos, busco excusas para faltar, o en el mejor de los casos, para llegar unos instantes antes de que acaben las tediosas ceremonias. Prefiero llamar al amante de turno y formicar (eso me sale con más naturalidad que incarme de rodillas a rezar para que se me perdonen los vicios). Llegar tarde, muy tarde a la iglesia por estar “viviendo y sintiendo” es una de las pocas cosas que extraño de ser practicante de alguna religión.

  Luego vienen esas épocas en las que todos se confiesan con el sacerdote, mis amigas “creyentes” hablan emocionadas de que “al fin” podrán limpiar su alma de todos los pecados. Hacen la lista de las transgresiones que han cometido desde la ultima confesión: ser soberbio, ser orgulloso, hablar mal de otros; una lista bastante corta de estupideces que empiezan a carecer de necesidad de arrepentimiento. Pienso en la lista que debo decirle al “hombre-revestido-de-blanco”: fornicar, adulterio, infidelidad, mentir, consumir drogas, soberbia, desear a “la mujer del prójimo”, maldecir, emborracharme… Diablos la lista es larga y no recuerdo todo. ¿Cuenta como pecado las cosas que se hace o se dice estando borracho?.

  Mis amigas me preguntan mi lista.
—¿Te arrepientes de todos tus pecados?— Le pregunto en susurros a la más cercana quien empieza a dudar.

—Claro que si, he hecho mal y necesito que Dios me perdone.— Responde intentando convencerse.
—Yo no.— Soy fría, no puedo evitarlo, no creo en el arrepentimiento de los pecados.
  Una tras otra se confiesan. Continuo sentada en el banco de madera que mira hacia el altar mientras juego con mis pies. Me intersecta la mirada de un conocido que esta sentado una pila de bancas mas allá, me invita con señas a que vaya a confesarme. —¿En serio todos están tan ansiosos por confesarse?— Pienso mientras muevo la cabeza en símbolo de negación. No termino de sentirme cómoda con la confesión, ¿decirle a sacerdote que me arrepiento de los pecados que he cometido y que no volveré a hacerlos, aunque sí lo haré, no es peor que pecar? Después de todo, estoy mintiendo, se que no caeré en la tentación porque iré en busca de ella.
  Aún puedo sentir que algo me oprime el pecho y no entiendo qué es. No es la necesidad de confesión, como les ocurre a los otros, ya me di cuenta de eso.
Continuo asistiendo a la iglesia, escuchando los arrepentimientos de los otros tan públicamente profesados y me siento peor. Tengo una mezcla de vergüenza ajena y hastío dentro de mí. —En este momento estaría mejor fornicando— me descubro pensando en alguna de las ceremonias más largas.
  Un día alguien mayor me pregunta por mis pecados, le digo que no me siento arrepentida de nada, y entonces puedo entender todo: Me siento mal por no poder sentirme mal por los pecados que he cometido. Esa es la mayor estupidez que jamás me había pasado. Mi pecho se siente oprimido porque es obvio que no encajo, que no siento culpa y que no me siento compungida por las veces que he transgredido a los mandamientos.

Ese es el día que decido que Dios no es todo lo que basta.