Cierro la puerta mal pintada de rojo para sellar con ella a fantasía. Los besos quedan colgados del perchero, las ganas quedan congeladas sobre la almohada, en la oscuridad.
Mis mil manías y obsesiones se abalanzan contra mis manos, contra mis ojos que no dejan de ver con angustia de una pared a otra en la gastada habitación. Me disfrazo de dignidad, me maquillo con el orgullo. Vuelvo a ser la digna amante, la joven muchacha que no ha cometido pecado alguno.
Enjuago mi rostro, lavo mi sexo, peino mi cabello. Recojo la mi ropa del suelo en el que muchas otras prendas deben haber rodado y mi cabeza no puede dejar de pensar en los restos de ADN que no pudieron hacer sido esterilizados.
Sus besos ya no saben a nada, en mi cabeza dan vueltas los recuerdos gastados del viejo y dulce amor.
¿Qué son las ganas?

Te extraño a ti, no a él, no a sus besos que empiezan a empalagarme. Pedimos la cuenta, como cualquier cosa, como se paga por cualquier transacción. Nos embarcamos en un taxi mientras se suicida el deseo, mientras se agotan las ganas. Hemos pagado por unas horas calor, hemos pagado por cubrir nuestro deseo.