Llevo varias horas intentado deshacerme del sabor amargo que tengo en la boca, pero se encuentra adherido a mi paladar. Así como le ocurre a las enfermeras a quienes se les adhiere el olor a muerte tras los años de recorrer los pasillos del hospital. Tengo el estómago resentido y las papilas gustativas colapsadas. Doy vueltas de un lado a otro, enfrentando el rostro contra las cuatro paredes que me rodean, cuestionándolas por el curso de la vida que parece tan arbitrario a mí, a mis ideas y deseos.

Hay un zumbido, casi inaudible, que me sumerge en el vacío, proviene del interior de mis oídos.

El resumen que me he dedicado a redactar durante semanas está tirado en el suelo, las hojas desordenadas, las palabras desteñidas, ilegibles y desabridas; ese montón de papeles había perdido importancia.