Me detengo a pensar durante un breve instante, me detengo a reflexionar y recobrar las fuerzas que acabo de perder, nuevamente.
Y, de forma rápida y breve, como una estrella fugaz surcando el cielo, vuelven las ideas atroces a mi cabeza.

Me detengo a pensar, de nuevo. Como si fuera un rito, como si fuera una manía de la que dependo. Me detengo y, nuevamente, busco las fuerzas que, pienso, me hacen falta.
Y a veces se me salta una lágrima, y otras veces me tiemblan las manos y me muerdo los labios. Y, de vez en cuando, solo cierro los ojos dejando que las ideas, las ideas atroces, me posean. Lloro, golpeo e insulto y la cabeza me empieza a dar vueltas.

Me detengo a pensar, cansinamente, de nuevo. Sin estar convencida que hacerlo tenga sentido, sin creer que me sirva para algo. Me detengo a pensar hasta que las ideas pesan en mi cabeza y me duermo.