Vuelve a casa lamiendose las heridas. Vuelve preguntadose por qué no escapó cuando aún le quedaba cordura. Vuelve a casa sangrante y marchita.

Todas las noches tomaba la misma dosis de pastillas con el afán de evitar que la locura la consumiera. Con el afán de sentir que al menos había algo que podía controlar.

– Pero el control es solo una ilusión. – Le espeta la voz en su cabeza.

Nada, nadie, ningún lugar. Nada parece tener conexión ahora. Nada parece tener sentido ahora. Las pepas han explotado en su cabeza.

Todos buscamos una solución. Y mientras tanto morimos lentamente.