El amor idílico que había cultivado en torno a un hombre que apenas le escribía monosílabos sin pasión colapsó un instante después de que él cambiara su foto de perfil por tercera vez en la semana. La plataforma de mensajería gracias a la que ella había dado rienda suelta a sus fantasías se convirtió en el medio que destruyó el sueño sin sentido. Todo acabó en un instante, de la misma forma repentina en la que nació.

En este momento aquella relación virtual tenía menos peso en su vida del que había tenido jamás; al final de cuentas lo digital no era real.
Era libre del idealismo, libre de la cursilería, libre de la obsesión y de la búsqueda enfermiza de mensajes ocultos inexistentes. Era libre de buscar un amor real con un hombre sin panza en alguna otra plataforma digital.