Doy un profundo respiro, miro el reloj y los minutos pasan increiblemente rápido. Y las sensaciones de nostalgia y añoranza se afianzan con mayor fuerza en mis entrañas.

Nada.

Son las 10 de la mañana, nada tiene sentido, nada tiene importancia. Debería escapar de nuevo, abandonar las obligaciones, huir de la casa, apagar el celular, esconderme bajo algún puente que surca el Estero Salado, evadir la luz del sol.

Desespero.

Me duelen las piernas, los brazos; tengo la espada agotada. Y no me duele nada.
Evadir, omitir, ignorar.

Silencio.

Soy un cúmulo de pensamientos sin rumbo. Soy la proyección de la agonía silenciosa. Estoy aferrada a mi tristeza llorando en los brazos de quién en algún momento fue mi amor. Llorando en los brazos de quién ya no es nada en mi vida. Estoy, sola, dinamitando mi corazón.