Cuando la relación de 4 años con “El Hombre”* terminó me propuse olvidar lo sucedido, los sentimientos, olvidarnos. Quería raspar con una cuchilla las paredes de mi mente y eliminar todo rastro del espacio que ocupó. Creía que pensarlo me sumergiría en un estado depresivo del que no saldría. A pesar de intentarlo sí me deprimí y durante un tiempo no supe cómo salir. Me negaba a experimentar lo que estaba sintiendo.

Canción sugerida: Que no a quede huella – Bronco

Me enfoqué en ocultar esos años y no me permití vivir el duelo de la ruptura, ni me di tiempo para perdonar mis errores.

Tres años después, sin aviso, encontré de nuevo ese asunto sin resolver: “El Hombre.” Decidí hablar con él y confrontar los temas sin solucionar. Me explico: nuestra ruptura fue la situación menos civilizada del mundo, un día estábamos juntos, al día siguiente discutíamos, terminábamos y volvíamos. El patrón se repitió muchas veces hasta que me detuve y empecé a salir con alguien más.
No respondí sus mensajes y llamadas, dejé de ir a los lugares en común, “lo dejé” pero jamás cerré el ciclo, ni solté la rabia. Me comprometí a esconder bajo mi-cama-mental-que-oculta-todo-lo-que-no-quiero-enfrentar el tiempo juntos.

Esa misma noche nos vimos, conversamos sobre el pasado y me quedé con él. Mi memoria me jugó a la cuca*, prefirió dejar que la añoranza le ganara y omitió el panorama completo de mi relación disfuncional.
Las horas pasaron y la-cama-mental colapsó: no cabían más engaños. Todos los recuerdos del apocalipsis zombie de nuestra relación volvieron a mi cabeza, estaba en shock, me urgía rabear pero preferí aguantar estoicamente. No iba a quebrarme de nuevo frente a él y no le demostraría que a pesar de los años aún me afecta.

Al día siguiente durante la celebración de mi cumpleaños las emociones me azotaron la cara. Aquella noche intencionalmente, o quizá no, bebí hasta la inconsciencia. Una parte de mi interior quería llorar a la chica a quien años atrás le partieron el corazón. La otra parte, mi ego, se rehusaba e intentaba callar esa voz con Ron y cola. Sumergida en la ebriedad me desplomé, me abrazó la culpa y el remordimiento por la noche anterior, y la rabia por permitir una relación tóxica durante todos esos años. Le lloré a mi versión de 19 años toda la madrugada. Amigos que estuvieron conmigo aquella noche: gracias y perdón.

Fui un completo espectáculo de telenovela, los recuerdos y emociones que reprimí durante 3 años salieron despavoridos de mi garganta.

Cuando sentimos tristeza, frustración o ira por una ruptura no vemos el panorama completo de nuestra vivencia. El dolor no permite que nuestra memoria recuerde imparcialmente la ocurrido.

 

Estos son 3 ejemplos (basados en mi experiencia) de cómo nuestra memoria arregla los hechos según el papel que  deseamos desenvolver en “El Drama del Rompimiento.”

 
La noche del reencuentro yo estaba en la gráfica #2: era presa de mi memoria y del síndrome de Estocolmo.

En el caso #1 y #3 nuestras emociones no quieren quedarse ocultas, le contamos a todos nuestros conocidos la trágica historia de nuestra ruptura. Pero nuestro discurso es unilateral, la historia de nuestro romance fallido está limitada a los recuerdos que tenemos de lo vivido, a nuestra versión. Sesgamos la anécdota a lo único que nos importa: “nuestro dolor” por culpa o victimización y olvidamos que el otro estuvo en este viaje a nuestro lado, pasó mal, también vivió una ruptura y también la cagó. Olvidamos que las relaciones son de 2 personas, y que ambos son responsables del crecimiento o colapso de esta (pasiva o activamente).

* “El Hombre”: apodo que le dieron mis amigas a este ex. Ellas prefirieron dejar de pronunciar su nombre, igual como ocurrió con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado en Harry Potter.
* Jugar a la cuca: jugar sucio, hacer trampa.

¡Si llegaste hasta aquí te mereces un chocolate! Deja un comentario y cuéntame tu experiencia con la memoria en tus relaciones.