El ruido ensordecedor muere el instante menos esperado, la alegría descomunal agoniza lentamente en las manos del rey.

No hay nadie en palacio, y el estúpidamente triste se deja morir en la nada del mundo infiel; en el silencio potente, poderoso y siniestro se dibuja las desesperadas fauces del león, hambriento de carne, sediento de terror.

No hay nadie en el reino, y el rey enfermo se deja enamorar. Bella y cruel señora domina su mano, su boca, su inigualable ser.

No hay nadie junto al gran señor vestido en rojo, teñido de sádico poder.

Todo muerto a su alrededor; se lamenta la soledad, se lamenta su muerte.