—Deberías escapar—Se imaginó diciéndole al hombre de cabello oscuro, pero tenía un nudo en la garganta y le envolvía el cuerpo la desesperación, si no hacía ‘algo’ el monstruo que habitaba en su cabeza se pondría a destruir cosas.

Levanto la escopeta de doble cañón, apunto a la cabeza del hombre que la miraba dudoso.
—No vas a dispararme, yo sé que me quieres. Te quiero, lo sabes.
—Me dejaste abandonada—Rastrilló la escopeta con la calma con la que amanece un lago solitario.
—¡Espera!, ¿No estarás hablando en serio?—Sus ojos se abrieron de par en par, las manos empezaron a temblarle.
—Te quiero—Le dijo mientras la voz se le quebraba, por sus mejillas corrían gruesas lagrimas. Los labios rojo carmesí le temblaban casi imperceptiblemente.

Se acomodó la escopeta contra el hombro.