53 minutos antes del amanecer me doy cuenta que quizá nada valga tanta pena. Empiezo a dudar de todo, el hastío me embarga.

Abro los ojos antes de que el sol abra los suyos para tenderme sobre la cama y cuestionarle a Dios los acontecimientos de los últimos días. Para pedirle explicaciones por toda la miseria. Y mis reclamos son otro monólogo desabrido, otro de esos a los que el público, aburrido, prefiere dejar inconcluso.

¿Alguien me está escuchando?

Quiero irme. Correr en cualquier dirección, eso es lo de menos. Quiero escapar, dejar al amante de turno tendido sobre la cama y tomar mis cosas. Quiero encerrarme lejos, sola. Y darle rienda suelta a la tristeza que burbujea abriéndose paso hacia mis ojos. Quiero quedar fuera de servicio.

Las cosas nunca han sido fáciles, ni tu ni yo somos fáciles.