–Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.– Ese ese el ritmo que sigo mientras me aruño los brazos.

Ideas, tengo un revoltijo de ideas en la cabeza. Frunzo el ceño, me muerdo el labio inferior y no me detengo, a pesar de que toda mi boca se impregna de ese sabor ferroso que ya me sé de memoria.

–Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.– Continúo con mi rito, la piel se me pone colorada mientras miro pasar por la ventana del autobús interprovincial la selva. Una casa aquí, mis uñas clavándose en mi piel más acá, el cielo infinito observándome desde al frente.

Vislumbro en el vidrio de la ventana, durante unos segundos, el retrato de una mujer ojerosa, despeinada y triste. Siento asco de ella y evito seguir mirándola pero su imagen se queda plasmada en mi retina. Muerdo con más fuerza mis labios mientras la veo,  dentro de mi cabeza, mientras la desprecio en silencio.

–Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.– Repito como si fuera una oración a alguna deidad. Y mi fuera calma mientras veo mi carne viva.