Vivir de espejismos es mucho más sencillo que vivir de la realidad.

Me pierdo entre las ideas que se diluyen en mis manos. Las sensaciones que puedo palpar solo son aquellas ilusiones que he creado para mí. Los recuerdos no son nada, vagabundean en la fina línea que limita, que se pierde entre la realidad y los sueños. Mi voz se confunde en la atmósfera citadina de ruidos inconstante, de estrépitos desquiciantes, entre las emociones vanas que mantienen en pie a centenares de ilusos, mi alma está dormida, ha caído a propósito en el letargo como intento de huir de la conciencia, de la verdad.

Pero nada es cierto y el sueño (como medio de escape) se rompe en algún momento y debo enfrentar a los monstruos que he creado, y debo ponerme cara a cara con la ley y rendir cuentas, que ya ni tengo idea como empezar a contar, que a veces olvido. He olvidado como empieza la historia de mis cientos de pecados, he olvidado cada uno de ellos, solo como muestra de lo agonizante que estoy, quizá no olvide, quizá solo prefiero fingir que no los recuerdo.