En este instante no logro recordar algún momento de mi vida en el que no sintiera miedo, desconcierto o nerviosismo.

A veces pienso que el miedo es parte de mi configuración, como un plug-in que vino instalado de fábrica en el software de mi cerebro. Suelo creer que estoy mal, que quizá sentir tanto miedo es una muestra de debilidad o desequilibrio.

Quizá el nerviosismo es cosa de familia, quizá de niña fui condicionada a estar asustada para “mantenerme a raya” y no “hacer quedar mal” a mis padres. Y es bastante posible que crecer en un hogar estricto cosechara en mi psiquis el insondable terror a fracasar, a no ser perfecta. Paso gran parte del día con miedo a decir o hacer algo desatinado, a equivocarme, a no ser la mejor amiga, compañera, trabajadora, ilustradora o mujer. Y por miedo a la muerte psicológica que provocaría el fracaso callo mis pensamientos, guardo mis opiniones, me aparto de las personas, descarto mis dibujos mucho antes de mostrarlos a alguien y lloro en silencio cuando nadie me ve.

El miedo ha hecho de mi una mujer a medias que añora compañía pero le aterra no ser aceptada. Prefiero alejarme primero, abandonar antes que ser abandonada, descartar relaciones como quien bota un chicle sin sabor, y me encierro en mis viciadas cuatro paredes para no ver a nadie.

Sé muy bien que mi miedo se cura con cercanía, los fantasmas en mi cabeza se alejan cuando mis personas queridas se sientan a mi lado y solo con su presencia recuerdo que no estoy sola, aunque yo fuerce a mi cerebro para que crea lo contrario.

He aprendido que el amor es un vehículo y una meta. Un  camino de aprendizaje, de compasión conmigo misma y un arma para vencer el miedo. Hablar sobre las cosas que me aterra disminuye el tamaño psicológico de mi temores, los transforma de etéreos demonios a situaciones medibles y superables.

Si tú también estás en este viaje, ven toma mi mano y vayamos juntos a enfrentar las sombras.

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Ilustración que publiqué el 2 de noviembre del 2018 en Instagram

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