Mis rodillas han caído al suelo rendidas, vencidas. Me falta el aliento. Me tiemblan las manos. Hay un nudo en mi garganta, no puedo tragar, hablar, ni gritar.

El dolor parece tan grande que derrumba mi ser. Soy un alfeñique que da vueltas entre la pena y la angustia. Soy sólo el residuo de lo que fuéramos juntos. De lo que ya nunca podremos ser.

La tristeza me embarga como un diluvio, como un alud que arrasa con todo. Que lo destruye todo a su paso. Que consume y devora lo que toca, en un instante. Y no me queda tiempo para pensar, para sentir, para encontrar una solución. Ya no estás. No lo entiendo, no lo creo, ni siquiera lo quiero analizar: no estás.

No me queda lógica, pasión, ni deseo.
No puedo respirar.
No sé cómo respirar si ya no te tengo aquí.

Tu ausencia es como una sentencia. Un desgarrador desenlace para esta historia que se precipita a terminar. Que no estaba lista para ver terminar. Tus ojos ya no me ven y yo jamás podré volver a ver los tuyos, de nuevo.

Tu amor se ha transformado, se ha transfigurado. Ha salido de tu cuerpo para habitar en todo lo que me rodea. Mi hogar se va contigo, se fue contigo. Y tu amor está aquí, alimentándome, animándome.

Es éste el miedo a la pérdida, al abandono. Es ésta soledad lo que consume mi alma. Es el deseo de control, que nada cambie y podamos continuar nuestras vidas como-siempre lo que me conduce a la locura.

Aunque ya no volverá a ser como-siempre.

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