Calles vacías y distanciamiento social

Hace 2 días recién caímos en cuenta que las escobas de nuestra casa habían desparecido. —Nos encontramos en cuarentena ¿cómo es posible que las escobas ya no estén?— pienso sin entender los acontecimientos.
Las teorías que hemos urdido sobre esta situación son infinitas, paranoicas, divertidas. Al menos esta ridícula vivencia nos ha distraído un rato de lo conflictiva que es la realidad.

Hoy es la primera vez en 15 días que salgo de casa y me paro junto a la calle para observar la cuadra en la que vivo. Aunque mi travesía ocurrió durante la noche, y no había ni un alma fuera, la sensación de estar ahí, de observar esta calle por la que antes transitaba todos los días, fue una experiencia surrealista.
Doy vueltas sobre mi propio eje, es como un sueño hecho realidad. —ESTOY FUERA DE CASA.— Pienso aferrándome a la idea. —Aunque sea por un par de minutos he salido.— Guardo este recuerdo en un lugar profundo en mi interior para revivirlo en los momentos menos prometedores. La llovizna cae sobre mi cara, escucho a las ranas croar a lo lejos.
—Estoy viva— me consuelo mientras respiro profundamente el aire del exterior. Me revitaliza como imagino que hace el primer respiro de un infante que acaba de nacer.

A veces sentimos que no está pasando nada, nos perdemos en la normalidad de ver una serie o película, de cocinar, dibujar o limpiar la casa. Nos sumergimos en la sensación de una vida tal cual la conocimos semanas atrás, aunque ya no lo es, y la posibilidad de que todo vuelva a ser igual que antes es minúscula.

Luego, cuando conversamos con nuestra familia y amigos, recordamos que estamos encerrados, que no los hemos visto (en el mundo palpable) hace 15 días o más, y que no tenemos la libertad de ir a visitarlos, de reunirnos de nuevo con ellos. —Podría ser peligroso, podríamos enfermar— pienso para que la nostalgia sea opacada por el instinto de supervivencia.

Esta calle está vacía, nuestro garaje no ha recibido a los autos de nuestros seres queridos hace tiempo.

Fran es quien va a comprar cuando hace falta, él ha podido salir de casa al menos una vez cada semana. Yo no salgo nunca.
Mis pulmones no son tan fuertes como los de él (lo hemos corroborado un sin número de veces). Mi herencia asmática y alérgica provoca que una gripe normal me arrebate el aire en las noches y me cueste respirar. No quiero imaginar cómo me sentiría si tuviera el virus; y Fran tampoco quiere imaginarlo. Hemos llegado a un acuerdo tácito: Él sale, yo estoy confinada a la espera de que todo mejore.


Descubrimientos en la cuarentena:
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