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Rojo deseo

Cierro la puerta mal pintada de rojo para sellar con ella a fantasía. Los besos quedan colgados del perchero, las ganas quedan congeladas sobre la almohada, en la oscuridad.
Mis mil manías y obsesiones se abalanzan contra mis manos, contra mis ojos que no dejan de ver con angustia de una pared a otra en la gastada habitación. Me disfrazo de dignidad, me maquillo con el orgullo. Vuelvo a ser la digna amante, la joven muchacha que no ha cometido pecado alguno.
Enjuago mi rostro, lavo mi sexo, peino mi cabello. Recojo la mi ropa del suelo en el que muchas otras prendas deben haber rodado y mi cabeza no puede dejar de pensar en los restos de ADN que no pudieron hacer sido esterilizados.
Sus besos ya no saben a nada, en mi cabeza dan vueltas los recuerdos gastados del viejo y dulce amor.
¿Qué son las ganas?

Te extraño a ti, no a él, no a sus besos que empiezan a empalagarme. Pedimos la cuenta, como cualquier cosa, como se paga por cualquier transacción. Nos embarcamos en un taxi mientras se suicida el deseo, mientras se agotan las ganas. Hemos pagado por unas horas calor, hemos pagado por cubrir nuestro deseo.

Juntos

Su cuerpo y mi cuerpo, durante un breve instante en perfecta sintonía. Sus ganas y mis ganas, saciándose juntas.
Una noche, mil palabras silenciadas por nuestros besos. Ambos, él y yo, estamos juntos en la penumbra, acercándonos a la gloria.
Nada más existe, nada más importa. Estamos juntos y eso es todo lo que necesitamos para llenar nuestras alamas.

Sus manos, grandes, cubren perfectamente la desnudez de mi pequeño cuerpo. Su corazón abraza el mío, nuestros ojos se devoran en el silencio que nos observa con morbo.

Estamos juntos, una noche, después de tanto tiempo.

Descontrol

Me siento igual una vez más, la misma vieja sensación. La antigua tristeza.
Podría intentar suicidarme 4.000 veces más. Podrá llorarte un siglo más.
Mis recuerdos no tienen sentido, hace tiempo que intento que las cosas dejen de rimar. Intento escapar, abandonar mi angustia. Estoy harta. Descontrolada. Aburrida.

He bebido el veneno dulce del amor y me desmorono en la suave agonía de jamás tenerte.

Es una nueva noche de desesperanza. Un nuevo día sin sentido en el que podría correr lejos de todo y abandonarlo todo. Soy yo, sola yo, la que no tiene alma para mantenerse, a la que le falta corazón para continuar.

Mariposas

Es tan duro y tan triste cuando todo cambia sin previo aviso. Ahora tengo un nudo en el pecho que podría ahogarme. Estoy sola dando vueltas en mis entrañas. Sin hambre extrañando lo que no debe extrañarse.

Me quiere, lo quiero pero todo es tristeza. Las mariposas murieron hace mucho tiempo.

Estoy reflejando mis sentimientos. Las cosas que siento por él las plasmo en ti para no sentirme perdida. A pesar de eso lo quiero tanto que prefiero negarlo, imaginar que todo lo que siento es culpa del cambio hormonal que se produce en mi cada mes.

¿Puedes arrojar algo de luz sobre mis sentimientos? ¿Puedes decirme que me querrás para siempre? Aún soy muy ingenua, aún tengo la vaga esperanza de que es posible querer para siempre.

Tengo un nudo en el pecho que me está ahogando. Estoy creando conversaciones confusas, mi corazón realiza llamadas necesitadas de afecto sin sentido. Te hablo a ti y le hablo a él. Le hablo a él y ahora tu eres el personaje principal, ahora tu eres el centro de mis pensamiento. Y las mariposas que me provocaba él colapsaron. Después de todo solo son capaces de vivir un día.

Ganas

A veces todo carece de sentido. A veces me faltan ganas para todo. Pierdo el interés como pierdo uno a uno mis cabellos durante el día.
A veces me veo a mi misma como una broma cruel: amante de la ilustración sin ganas de ilustrar, amante de la escritura sin ganas de escribir.

A veces no hago nada porque me hacen falta ganas para vivir.

Fuera de mi

53 minutos antes del amanecer me doy cuenta que quizá nada valga tanta pena. Empiezo a dudar de todo, el hastío me embarga.

Abro los ojos antes de que el sol abra los suyos para tenderme sobre la cama y cuestionarle a Dios los acontecimientos de los últimos días. Para pedirle explicaciones por toda la miseria. Y mis reclamos son otro monólogo desabrido, otro de esos a los que el público, aburrido, prefiere dejar inconcluso.

¿Alguien me está escuchando?

Quiero irme. Correr en cualquier dirección, eso es lo de menos. Quiero escapar, dejar al amante de turno tendido sobre la cama y tomar mis cosas. Quiero encerrarme lejos, sola. Y darle rienda suelta a la tristeza que burbujea abriéndose paso hacia mis ojos. Quiero quedar fuera de servicio.

Las cosas nunca han sido fáciles, ni tu ni yo somos fáciles.

Tanto, todo

Tanto. Todo.
Estoy colisionando. Estoy cayendo tristemente sobre mis rodillas.
Desganada, decepcionada, desvalorizada.

Tanta ira, todo es tristeza.

Tengo un millón de palabras atoradas en mi garganta golpeando con ira para salir. Hay un millón de ideas que se azotan contra misma manos esperando que la tinta las dibuje sobre todo el maldito papel.
Estoy harta, cansada, furiosa. Desvalorizada.

Tanta ira dentro de mi. Toda la maldita angustia destruyendome por dentro.

Estoy harta, furiosa gritando insultos por todos lados. Estoy careada, frustrada, mamada.

Tanta miseria aguantada, tanto maldito desprecio. Tanda basura. Doy vueltas sobre mi maldito eje buscando una estúpida solución que no existe. Estoy cansada, consumida. Estropeada.

He sujetado mis malditas ganas y las he asfixiado con desprecio. Son despojos de mi maldito esfuerzo infra valorado. Estúpidos sueños de una cría que aun cree en los cuentos.

Miseria. Asco. Llanto. Voy a consumir las pocas horas que me quedan deshaciendo mi ser en amargura.

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Solo Dios basta (?)

  “Dios te ama.” Ugh. Ya estoy un poco cansada de la misma frase desabrida. Quizá la primera vez es impresionante escucharla, o risible, todo depende del interlocutor. Pero después de escucharlo un millón de veces se vuelve aburrido, y poco creíble.

  Estaba angustiada, sentía que algo me oprimía el pecho. Muchos dicen que esto se quita acercándote a Dios. Mi mamá dice que solo Él me llenará de calma.
Por un tiempo le creo, intento ser buena, intento ir a la iglesia y creerme todas esas palabras. Quizá estoy ardiendo por que el pecado no me deja ser feliz (intento convencerme de ello a la fuerza). Y voy a la iglesia, un poco obediente, un poco incrédula. Más incrédula que obediente, por su puesto.

  Al principio todo es creíble, al principio dudo de mi y me siento “sucia” por haber actuado mal. Luego la llama de la fe se apaga y realmente dudo que alguna vez haya ardido realmente. Y me aburro. Voy cada vez menos, busco excusas para faltar, o en el mejor de los casos, para llegar unos instantes antes de que acaben las tediosas ceremonias. Prefiero llamar al amante de turno y formicar (eso me sale con más naturalidad que incarme de rodillas a rezar para que se me perdonen los vicios). Llegar tarde, muy tarde a la iglesia por estar “viviendo y sintiendo” es una de las pocas cosas que extraño de ser practicante de alguna religión.

  Luego vienen esas épocas en las que todos se confiesan con el sacerdote, mis amigas “creyentes” hablan emocionadas de que “al fin” podrán limpiar su alma de todos los pecados. Hacen la lista de las transgresiones que han cometido desde la ultima confesión: ser soberbio, ser orgulloso, hablar mal de otros; una lista bastante corta de estupideces que empiezan a carecer de necesidad de arrepentimiento. Pienso en la lista que debo decirle al “hombre-revestido-de-blanco”: fornicar, adulterio, infidelidad, mentir, consumir drogas, soberbia, desear a “la mujer del prójimo”, maldecir, emborracharme… Diablos la lista es larga y no recuerdo todo. ¿Cuenta como pecado las cosas que se hace o se dice estando borracho?.

  Mis amigas me preguntan mi lista.
—¿Te arrepientes de todos tus pecados?— Le pregunto en susurros a la más cercana quien empieza a dudar.

—Claro que si, he hecho mal y necesito que Dios me perdone.— Responde intentando convencerse.
—Yo no.— Soy fría, no puedo evitarlo, no creo en el arrepentimiento de los pecados.
  Una tras otra se confiesan. Continuo sentada en el banco de madera que mira hacia el altar mientras juego con mis pies. Me intersecta la mirada de un conocido que esta sentado una pila de bancas mas allá, me invita con señas a que vaya a confesarme. —¿En serio todos están tan ansiosos por confesarse?— Pienso mientras muevo la cabeza en símbolo de negación. No termino de sentirme cómoda con la confesión, ¿decirle a sacerdote que me arrepiento de los pecados que he cometido y que no volveré a hacerlos, aunque sí lo haré, no es peor que pecar? Después de todo, estoy mintiendo, se que no caeré en la tentación porque iré en busca de ella.
  Aún puedo sentir que algo me oprime el pecho y no entiendo qué es. No es la necesidad de confesión, como les ocurre a los otros, ya me di cuenta de eso.
Continuo asistiendo a la iglesia, escuchando los arrepentimientos de los otros tan públicamente profesados y me siento peor. Tengo una mezcla de vergüenza ajena y hastío dentro de mí. —En este momento estaría mejor fornicando— me descubro pensando en alguna de las ceremonias más largas.
  Un día alguien mayor me pregunta por mis pecados, le digo que no me siento arrepentida de nada, y entonces puedo entender todo: Me siento mal por no poder sentirme mal por los pecados que he cometido. Esa es la mayor estupidez que jamás me había pasado. Mi pecho se siente oprimido porque es obvio que no encajo, que no siento culpa y que no me siento compungida por las veces que he transgredido a los mandamientos.

Ese es el día que decido que Dios no es todo lo que basta.

Hablemos

Hoy tengo en carne viva mi gastritis. No se si esta es emocional, no se si es porque no he comido bien desde ayer.

Programar. Programar. Nunca he sido una persona asidua a la planificación de cosas. Y ahora, debo programar casi todo, determinar horarios con un análisis previo. Comparar estadísticas y demás tonterías.

Sueña en grande, me dice. No tengo sueños ¿o quizá si?

Crear conversaciones, complicado. Prefiero no hablar, encerrarme en una habitación oscura y leer un libro. Eso es lo que mejor hago en las reuniones familiar, o en las reuniones que hace mi papá con sus amigos. Soy agria, ya me lo había dicho mi mamá. Mi carácter es agrio y muchas veces prefiero estar sola.

Llevo un par de horas leyendo sobre la comunicación. Estoy aburrida de programar.
¿Alguien quiere conversar conmigo?