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Payasos y padrinos

No recuerdo con claridad a mis padrinos de bautizo; para mi siempre serán ese hombre y esa mujer de la sierra ecuatoriana que ví unas 3 veces en mi vida. No estoy segura cuáles eran sus nombres, ni su edad; pero siempre pensé que eran un poco mayores que mis padres.

Mi madrina era una mujer grande, robusta con rasgos duros y cabello tan oscuro como mis zapatos de la escuela. Él era muy parecido a ella, con la pequeña diferencia que su piel era rojiza el rostro le brillaba por el sudor.

Juntos eran de esas parejas que se acoplaban muy bien con mi papá, y que mi mamá detestaba: bebían licor hasta perder la conciencia.

Siempre los sentí como a esas personas que ves en la calle, con la misma incomodidad con la que ves a un desconocido.

Una Navidad llegaron a la casa con sus grandes sonrisas tenebrosas en el rostro, juguetes en brazos y ese empalagoso olor a licor fuerte que los caracterizaba. A mi hermano Andrés le regalaron algo que con los años, los cambios de casa y la adolescencia desapareció sin ser notado, al igual que su recuerdo. A mí, por otro lado, me dieron un payaso -¿en serio me están regalando esto?- es el comentario que mi versión adulta hubiera espetado en aquel momento. Me regalaron un muñeco de unos 30 cms de altura vestido con un hermoso traje hecho con varias telas color verde: el blusón con vuelos en los puños y cuello se veía como una prenda fresca y ligera que no haría sudar al peculiar personaje. Había sido fabricada con tejido verde tornasol con brillos y detalles dorados. Me recordaba a los trajes típicos del carnaval de Venecia: vistoso, alegre y llamativo.

No recuerdo si fue en ese momento, o antes, cuando empezó mi fobia por los payasos, los hombres con rostros grotescamente maquillados y sonrisas falsas. Pero si recuerdo que jugué con el muñeco de cuerpo blando como almohada en pocas ocasiones. Pasó mucho tiempo alzado en una repisa con otros juguetes que había relegado a la banca de mi vida.

No recuerdo cuántos años estuvo en mi casa aquel aterrador payaso, o cuál fue el motivo por el cuál nunca nos deshicimos de él; pero aún tengo plasmada en la cabeza sus ojos fríos e inhumanos, y cómo me miraban en las noches oscuras.

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