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Soledad

Soy habitante de la nada, del vacío. Soy soledad y miedo. Mi alma es presa de la tormenta de inseguridades en las que se engendró mi corazón.

Aún no te he dicho lo obsesionada que estoy con los romances con finales tristes, con los dramas y los corazones rotos. Aún no te he dicho como mi mente se excita con las historias turbulentas, y el terror.

Soy un ente inexistente al otro lado de una conversación en Internet. Y no tengo nada que ofrecer más que soledad a quien me toque.

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Su foto de perfil

El amor idílico que había cultivado en torno a un hombre que apenas le escribía monosílabos sin pasión colapsó un instante después de que él cambiara su foto de perfil por tercera vez en lo que corría de la semana.

La plataforma de mensajería gracias a la que ella había dado rienda suelta a sus fantasías románticas se convirtió en el medio que destruyó el sueño sin sentido. Todo acabó en un instante. En un par de taps en la pantalla. La novela romántica colapsó tan repentinamente como había nacido.

En este momento aquella relación virtual tenía menos peso en su vida del que había tenido jamás; al final de cuentas el flirteo digital no era real. Las horas enviando mensajes afectuosos habían sido mal gastadas.

Ahora era libre del idealismo, libre de la cursilería, libre de la obsesión y de la búsqueda enfermiza de subtextos ocultos inexistentes. Era libre de buscar un amor verdadero con un hombre sin panza en algún sitio fuera de la nebulosidad de Internet.

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Delirio IV

(El Fín…)

Hoy por fin el santo cordero envenenado murió.

Adiós amada,
Adiós amor.

La muerte para mí nunca bastara,
Y añorándote en aquella vida andaré sin pensar.

Hoy por fin todo el dolor de verte agonizar acabo,
Y junto a la dicha de no verte llorar esta la margura de no tenerte aquí jamás.

Adiós amada,
Adiós amor.

Delirio II

Cosas que no se van,
Cosas que no se mueren…

Tú, amante insaciable me gritas con tu hermosa voz,
Yo, asesina indomable me encierro a llorar.

Cosas perdidas,
Cosas que no queremos aun alejar.

Mientras tanto seguimos disfrutando del dolor y la sangre,
De la venganza mil veces cruel.

Te amo maldita, y escondida de mi misma me hecho a llorar,
Me amas perdida, y en un hueco te dejas matar.

Acuarela

Y que me queda en este lugar, nada, malditos huecos, maldita soledad. No estás ahora y nunca estarás, acompáñame te pido, llévame a pintar. No quieres ahora, ni nunca querrás. Muerte entonces púdrete y déjame en paz. Necesito tus manos, esas que no me quieres dar, y las palabras no sirven de nada, y gritar jamás servirá.

Estas tranquilo lejano a este maldito lugar, me das consuelo, consuelo que no quiero escuchar.

Aléjate maldito déjame llorar. Que te odio por necesitarte, que te necesito para respirar.

Lo que no dije y no diré

Está lo que callaste amor por compasión y desgano de amar, está lo que ocultaste, querido, entre las sombrías y enmohecidas sábanas  de tu habitación. Lo que abandonaste para mi, lo que me robaste entre la penumbra de la noche.
Está tu silencio maldito que no deja de existir, que ni el llanto de ella permite mancillar. Está mi infernal y siniestro remordimiento que ya no se cómo ocultar.
Y la caminata es larga por aquella cuesta sin sentido, y las ansias locas de volver continúan ahí, se mantienen desgarrando las camisas, quebrando nuevamente las copas, Estás tú, hermoso, tendido en la nada del mundo mirando las gotas caer por mi rostro. Estoy yo, aturdida en la soledad de un cuarto vacío, oscuro, en espera de algo que no se por qué ha desaparecido.
No esta esa foto, con su inigualable maldita voluntad, no está aquella carta de aprobación que me da la libertad de actuar.
Y entre las rocas la ira me tiñe el rostro del purpura de antigüedad. Estoy sentada sola frente a esa pantalla natural de indomable hermosura. Los ojos se me parten, los oídos amargos por oír tantas mentiras me sangran.
Escucho a lo lejos los gritos insaciables de aquellos miles de espectadores que vienen aquí por mí, por ti, por el espectáculo sangriento. Malditos animales sedientos de carne cruda, de mi carne, de tu carne inmunda.
Y aún así no intento dejarte, seductor amor de infiernos hermosos. Tú maldito me alejas rápidamente con tus ojos perfectos, con tus mil palabras de hielo que sé que no volveré a tener, con tus silencios macabros;
Me desnudas sencillamente con tu voz de acero,
Y el mil veces maldito perfume de cuerpo me embriaga de vuelta a ti, a mi inmovilidad, a mi muerte, y servil me manifestó a tus manos otra vez.
Corro vorazmente en busca de aquellas piedras con las que me intentaré liberar,
Mentira, caigo de nuevo en una espera absurda queriendo un no se que encontrar.
Te amo innegablemente para ti y para mi; y entre las cortinas de agua dulce intento esconder mi corazón,
Tú ignorante de la vida y la muerte despedazas a hachazos las ideas del toreador, caigo de la red, desciendo en la nada,
Y te atreves aun así a contar tus bellos y sádicos dramas, te mofas de mí a mis espaldas conociendo mi dolor, tomas la maldita estaca y detenido una vez más en el tiempo muerto, en el tiempo de tus cuentos me invitas a bailar;
Bailamos a tu ritmo una maldita vez más, y con los ojos cerrados empiezo cánticos demoníacos inventar.